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El último testigo del feudalismo insular
Una visita a la Torre del Conde
Cuando el barco entra en la rada de San Sebastián el viajero la busca casi sin darse cuenta. Es uno de los símbolos supremos de la isla de La Gomera. Casi tanto como el mismo roque Agando que se levanta allá arriba, lindando con los primeros verdores del Garajonay . Pero este hito, pequeño en comparación con los monumentos que levanta la naturaleza, nada tiene que ver con los elementos, pues como obra de los hombres comparte con ellos su propia limitación y pequeñez. Pero ahí está. Pese a los siglos, las rebeliones, los hugonotes y la desidia de las administraciones pretéritas, el edificio europeo más antiguo de Canarias sigue ocupando su lugar de honor en la villa.
La Torre preside desde hace cinco siglos, la villa de San Sebastián. ARCHIVO

Pese a que en una inscripción burdamente incisa en su paño norte aparece la fecha de 1474, lo más probable es que la torre fuera construida entre 1440 y 1450, período en el que la Isla queda inscrita al señorío de los Peraza que la mandaron a construir, más por miedo a unos gomeros no muy ‘domesticados’, que por amenazas exteriores. Siguiendo las directrices de un gótico que agoniza en Europa, se levanta una torre cúbica de 18 metros de alzada, rematada en cada uno de sus lados por matacanes y dónde los arcos de medio punto sirven de apoyo a tres pisos. Muros de casi metro y medio de espesor y suelos de madera completan la estructura de una plaza que, apenas cincuenta años después de su construcción, ya estaba obsoleta por el uso generalizado de la artillería.

El interior del edificio es un atractivo museo. ARCHIVO

 

Tiene la Torre del Conde una hermana casi gemela. Su similitud con la Torre del Merino, en la localidad cántabra de Santillana del Mar, las hace casi compañeras de estilo. Un estilo que ya iba pidiendo el relevo, ante la lógica de los cambios de la guerra y el reinado de la artillería. Pero la torre gomera aún era útil para parar las piedras y mandobles que usaron los aborígenes en sus levantamientos contra las arbitrariedades del señor feudal de la isla.

 

Pero pese a sus taras defensivas la fortaleza de los Peraza, Torre del Conde desde el siglo XVI, ha aguantado en pie el transcurso de los siglos. Ni el ataque del hugonote Jaques de Capdeville en 1571, ni los saqueos piráticos de 1599 ó 1618 acabaron por tirarla al suelo, aunque poco faltó en más de una ocasión. Y fue la corona la que se dio cuenta del detalle y de la importancia de mantener la posesión de la rada de San Sebastián. Felipe II, obsesionado con asegurar el comercio de metales preciosos con América se preocupó por fortificar sus puertos. Fruto de este afán, llegan a La Gomera famosos ingenieros militares dispuestos a pertrechar sus defensas. Fratín, primero, y Torriani, después, coinciden en la poca utilidad del edificio.

Matacán defensivo. ARCHIVO

 

Fratín, más prolijo en detalles habla de una torre “que sirve de cárcel”. “A la base de esa torre, en la parte hacia fuera, están cuatro piezas de artillería, para la defensa del puerto, pero están mal situadas, que ofenden a los navíos amigos más que los enemigos”; así de contundente se mostró el ingeniero de Felipe II y sugiere encerrar a torre en un fuerte de esquinas de diamantes. Torriani, quizás más pragmático y conocedor de los derroteros que había tomado la guerra, apuesta por concentrar los esfuerzos en el pequeño saliente que cierra el lado noreste de la bahía. Allí se construirá años después el pequeño fuerte de Buen Paso, que guarda la entrada a la rada gomera.

 

Un nuevo golpe, esta vez en mayo de 1744, vuelve a dejar el torreón ruinoso. El comodoro británico Charles Windham ataca San Sebastián a la que somete a un fuerte bombardeo y pese a que la refriega, que acabó con el rechazo de los tres barcos ingleses, no causa bajas, los daños materiales son considerables. Pero ahí sigue la torre. Aguantando el paso de los años y los añadidos y mutilaciones de siglos de uso y desuso. Pese a ello la silueta inconfundible, el blanco de sus muros y el rojo de sus esquinales permanece gracias a reparaciones de urgencia realizadas a lo  largo de los siglos. Así hasta 1960, año en el que el Cabildo de La Gomera la adquiere y, olvidando siglos de desidia, se lanza de lleno hacia su restauración. Ahora, la torre está abierta a los visitantes que, por unos instantes, pueden sentirse verdaderos señores feudales.

Las esquinas están rematadas con cantería roja. ARCHIVO
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