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Los viajes por Canarias del explorador de las fuentes del Nilo
Richard Burton visitó con asiduidad el Archipiélago y dedicó alguna de las mejores páginas de la literatura de viajes a las islas
Canarias fue siempre punto de mira para viajeros de todas las épocas. Su condición de escala entre Europa, África y América posibilitó que miles de grandes personajes de la Historia arribaran a sus costas por las más variopintas razones. A mediados del siglo XIX, un viajero de fama mundial llamado Richard Burton llegó por primera vez a Canarias en su camino desde Liverpool a Fernando Poo. Lo que vio pareció gustarle, porque repitió en otras tres ocasiones.
Retrato de juventud del explorador Sir Richard Burton. ARCHIVO

Richard Burton puso por primera vez el pie en la historia cuando en 1852 fue el segundo occidental (aunque la historiografía británica siga empeñada en señalar que fue el primer europeo en hacerlo) que peregrinó de incógnito a la ciudad santa del Islam, La Meca. En 1807, el espía español Diego Badía, más conocido por su ‘pseudónimo’ musulmán Ali Bey, viajó hasta la ciudad santa y permaneció en ella por el espacio de seis meses. Casi cinco décadas después, Burton repitió la hazaña y, al contrario que su antecesor español, entró en la historia de la exploración por la puerta grande. Poco después, por encargo de la Royal Geographic Society, se encaminó a tierras africanas en busca de las fuentes del Nilo. Una enfermedad le impidió llegar hasta el final y su ayudante, John H. Speke, se atribuiría el éxito del descubrimiento asegurando que el Lago Victoria era el origen del legendario río. Burton no le creyó y la polémica del descubrimiento no se resolvería por la muerte de Speke en un accidente de caza horas antes de debatir en Londres los resultados de su viaje ante el propio Burton. Muchos dicen que se suicidó para evitar que su antiguo jefe desmontara su teoría. Pero esa es otra historia.

 

La que nos ocupa es mucho más modesta, pero igualmente apasionante. Habla de la relación de amor entre uno de los viajeros más importantes del siglo XIX y Canarias. El explorador romántico por antonomasia visitó hasta en cuatro ocasiones un Archipiélago del que quedó prendado. El primer contacto con nuestras islas fue en enero de 1861. Burton había sido designado cónsul del Reino Unido en la colonia española de Fernando Poo y en su viaje de traslado hizo una breve escala de algunas horas en Santa Cruz de Tenerife. “La costa era roja, marrón y amarilla; montañas expuestas al viento presentan un aspecto curioso, agrio y fantástico. Hasta un niño podría reconocer su origen volcánico. El cielo, el mar, el ambiente era perfecto, mucho mejor que en Madeira” (Wanderings in West África).

Una de las escasas fotos de Burton. ARCHIVO

 

Burton descubre una ciudad recoleta y luminosa a la que regresa dos años después en compañía de su esposa. Durante este viaje, los Burton visitaron gran parte del Norte de Tenerife y realizaron la obligada ascensión al Teide. El resultado de este viaje es un libro de viajes muy bien trabajado en el que destaca la perfecta documentación que utilizó el explorador inglés para acercar a sus compatriotas los secretos de Tenerife. Su libro nos descubre la historia, la etimología, las costumbres y problemas y posibilidades de Canarias. Incluso, adelanta teorías sobre el origen de los aborígenes canarios al vincularlos con “la tribu de los canarii que vivían más allá del monte Atlas”. Pero quizás sus líneas más brillantes están dedicadas a su ascensión al Teide: “Pronto salimos de la zona de vegetación y entramos en Las Cañadas a través de un hueco, un pórtico natural en la lava, la Puerta de Taoro –el actual Portillo--. Las cañadas es una llanura arenosa que se extiende quince millas alrededor de la base del pico”.

 

Burton y su esposa subieron al Teide por el camino de Montaña Blanca y pernoctaron, como era habitual, en la llamada Estancia de los Ingleses, donde los guías “prepararon el gofio –la comida original de los guanches- maíz asado, machacado, puesto en una bolsa de piel y moldeado en forma de tarta”. En esta ascensión visitaron el pico “desde donde en un día claro el ojo puede ver ochocientas millas de circunferencia de océano”, y la cueva del Hielo (“una obertura grande en la roca donde se cuelgan grandes carámbanos”).

 

Fueron varias semanas felices en Tenerife isla a la que volvió pocos meses después (julio de 1863) esta vez sin su esposa. En este tercer viaje, se muestra al Burton más comprometido con Canarias, un Burton que no puede dejar de denunciar las carencias que sufren los isleños, sobre todo los del Sur de la Isla, aunque sin ningún tipo de complejo de superioridad victoriano. Es más, no duda en criticar abiertamente a los viajeros que aprovechan sus diarios de viaje para criticar sin razón a los naturales de los países que visitan.

 

El último viaje de Richard Burton a Canarias se produjo en 1882. Esta vez, el viajero visita las islas de Tenerife y Gran Canaria y muestra su alegría por la etapa de progreso económico, social y cultural que viven las islas, un extremo que el inglés achaca a “la influencia de leyes anticlericales” y a la política del breve gobierno de la Primera República española. Burton hace una escala de varias semanas en las islas en su periplo por la costa africana en busca de oro. Otra vez hace un repaso muy concienzudo de la historia del Archipiélago en su ‘To the gold coast for gold’ y vuelve a subir, por tercera vez en su vida, el Teide: “La palabra Teyde se supone que es una corrupción de Echeide, que significa hades. De ahí el nombre de la Isla del Infierno hallado en un mapa de 1367”.

Sello conmemorativo. ARCHIVO

 

En este viaje, Burton visita por primera y única vez la isla de Gran Canaria quedando prendado de los encantos de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Destaca su teatro “igual de grande como el de cualquiera capital europea” y la catedral de santa Ana: “El interior es gótico, no como el de las otras iglesias de las islas; las nervaduras, altas y elegantes, imitan palmeras, una lisonja dedicada a Las Palmas y un buen ejemplo de la creatividad local”. Burton quedó apenado por la imposibilidad de visitar el Museo Canario y dedicó algunas páginas al Norte de la Isla y al poblado troglodita de La Atalaya “donde se hacen cacharros de barro de apariencia etrusca”.

 

El viajero dejó las islas ilusionado por el prometedor futuro de canarias en contraposición con islas como Madeira que se habían enrocado en el pasado.

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